Un peleador tremendo, un hombre manso…

Siempre digo que al mencionar al cuarteto de cracks del boxeo pampeano -Miguel Campanino, Golepa Cabral, Mario Paladino y Miguel Castellini, que son referencia obligada; hay que sumar a Hugo Danieli y Osvaldo Maldonado; y también a Walter Gómez, Brujo Cabral, Luis Bazán y algún otro-, nos olvidamos de uno de los más grandes: Hugo Raúl Marinangelis.
El «Pólvora» que surgió en Eduardo Castex -allí inició su carrera- fue de los peleadores más espectaculares. Porque en cada combate suyo rondaba la sensación del nocaut. Nadie podrá decir que fue un día a verlo y se vio defraudado, porque lo suyo era plantarse en cualquier ring, ante el rival que le pusieran, y tratar de ponerlo nocaut. Fue un peleador fenomenal, dueño de una zurda que era dinamita pura.
Cuando uno lo ve hoy a Hugo se encuentra con un hombre manso, tranquilo, templado. Tan distinto del fiero peleador que resultaba. «Sí, siempre fui tranquilo y, más que eso, muy tímido. Me acuerdo que cuando me fui de Rucanelo a Castex empecé a trabajar de albañil, y como no me animaba a pedirle plata al patrón me pasé tres días a mate y galleta», rememora ahora en la tranquilidad de su bonito chalet de Villa Alonso Norte.

La casa, la familia
En el living-comedor Hugo -hace 29 años trabaja en la CPE y es capataz en redes- recurre a la memoria. Hay silencio en la casa. Casado con Iris Alvarez hace 33 años, tienen cuatro hijos: los mellizos Emanuel y David (26) que viven en la casa pero no están; Alejandro (31) que trabaja en la APE, y Carina, quien es instrumentadora quirúrgica y vive en Neuquén.
El peleador feroz que conocimos no tiene nada que ver con este hombre sencillo, casi manso, que habla siempre en voz baja… «Siempre fui así», dirá. Y es verdad, porque a pesar de sus méritos como boxeador nunca tuvo de esas expresiones rimbombantes que han caracterizado a tantos de sus colegas. El hombre rudo se conmueve cuando habla de sus tres nietos: «Coty tiene uno y medio; Julieta dos y Lumi nada más que ocho meses».
Fue un campeonísimo Hugo -muy por encima de lo que piensan los que se quedan nada más que con una parte de la historia-, que peleó en el mítico templo de nuestro boxeo provincial (cuando era Fortín Roca), pero también en el Luna Park y en distintos escenarios, incluyendo Marbella (España), Marruecos (Sudáfrida) y Antibes (Francia), una bonita ciudad que da al Mediterráneo.
Con la voz pausada, casi cansina, relata su vida desde el principio. «Mi papá, Silverio, era encargado de un campo; y mi mamá Florinda se dedicaba a las cosas de la casa. Somos nueve hermanos: Juan (con el que al principio compartió su afición por el boxeo), Nélida, Elena, yo, Ana, Carlos (también boxeador en su momento), Rosa, Jorge y Javier.
Hugo confiesa que, no obstante, en su casa nunca faltó el pan a la mesa «aunque éramos muchos».

El boxeo, en la colimba.
En el campo, se quedaba por las noches siguiendo los relatos radiales de las peleas de su ídolo Carlos Monzón. «Ya en ese tiempo colgaba una bolsa en un árbol y le pegaba, y con mi hermano Juan nos poníamos unos trapos en las manos y boxeábamos… yo cobraba porque él era más grandote. Pero fue cuando entré a la colimba que me preparé para un festival interfuerzas, pero no llegué a debutar. Cuando volví a Castex fui al gimnasio a órdenes de Luis Acosta, junto a Silvio y Carlos Moyano. Ahí aprendí un poco, pero era ‘reduro’ yo», se ríe Hugo.
Hizo una buena cantidad de peleas en Castex, donde lo apodaron «Pólvora». Es que el poder de sus manos era tremendo, y llegó a conseguir varios nocaut consecutivos.
Combatió en Fortín Roca, pero su sueño era el Luna Park. «Y me dí el gusto, porque debuté contra César Valdez una noche de miércoles televisada y gané por nocaut. Después varias veces más… estaba invicto en 26 peleas y tenía 20 ganadas antes del límite, así que me empezaron a mirar distinto».

La noche de gloria.
Una enorme campaña habría de desarrollar desde allí, pero su gran noche, la de la gloria, la que sintió que tocaba el cielo con las manos fue cuando le trajeron al campeón argentino y sudamericano, Patricio Díaz. «Un boxeador bárbaro… el primer round no lo pude tocar, pero Vicente (Espinosa) me dijo: cuando tire la zurda metele la tuya al pecho: y fue así, de contra lo tomé pleno en el mentón y lo levanté en el aire y se fue a la lona. Gané por nocaut y no lo podía creer. Sentía que tenía el futuro en mis manos». Era el 6 de julio de 1985.
Después llegarían los duelos con Ramón «El Potro» Ramos, un acerado boxeador con el que se enfrentaría tres veces. «Le quité el título cuando no pudo seguir en el tercero en el Luna; después empatamos en la cancha de Santa Rosa; y volvimos a empatar cuando peleamos en Ranelagh (Buenos Aires), y le gané el Sudamericano en la balanza antes de subir al ring, porque no dio el peso. Fueron peleas tremendas…». Y vaya si lo fueron (ver aparte).

Robos en el exterior.
Hugo era el campeón argentino y sudamericano (cuando conseguir estos cinturones era dificilísimo), y no se habían inventado los fedinlatinos, alternativos, interinos y otras yerbas; y cuando sólo la Asociación Mundial y la Comisión Mundial rankeaban a los mejores. «Estuve entre los 10 mejores del mundo de los cuales el campeón elegía uno para pelearlo, como era antes, pero no se dio. ¿Si pude ser campeón del mundo? Claro, no te olvides que le gané en Sudáfrica a Carlos Santos, que lo había sido, y me robaron; y también a Said Skouma en Francia, que era eliminatoria para ir por el título… Sí, pude serlo, aunque reconozco que llegué grande al boxeo, y además me faltó un promotor que me hiciera la carrera», admite.
Le comento que hoy un boxeador de sus características sería millonario. «Sí, es verdad, porque fijate que siendo buena plata la bolsa más grande que cobré en el exterior fueron 6.000 dólares. Hoy cualquier pelea por una eliminatoria mundial como esa son arriba de 100 mil… Era distinto, a Tito Lectoure no le interesaba mucho (salvo dos o tres boxeadores) e íbamos afuera y nos robaban, pero ahora sí, sería bien diferente».

«El boxeo me lo dio todo».
«Pero no me quejo, tengo mi linda familia, mi casa, mi auto, estoy construyendo el gimnasio porque sigo entrenando boxeadores… Vivo muy bien por cierto», completa. Apenas un momento se quiebra Hugo cuando le pregunto la razón de un tubo de oxígeno que veo. «Es por mi esposa, tiene un problemita de salud», dice mientras baja la mirada y se queda sin palabras. Me arrepiento de haber preguntado, pero ya estaba.
«¿Si me siento reconocido, a la altura de los otros muchachos? No sé, pero no soy celoso… estoy bien, hice una gran carrera y tengo todo, y todo me lo dio el boxeo». Casi como una parábola que alcanza a muchísimos boxeadores de aquí y de otras partes del mundo. Fuiste un enorme boxeador Hugo, pero además de esos que supieron hacerse hombres honrados y encontraron el buen camino de la vida. De la mano del boxeo. Sí, como tantos.

El boxeador pampeano más taquillero.
Su estilo frontal, guapo, de peleador empedernido, y la potencia de sus puños lo hicieron una de las grandes figuras del boxeo nacional, aunque la fama siempre le importó poco y nada. De algo puede enorgullecerse Marinangelis, y es el de haber «reventado» los gimnasios cuando peleaba. «Con Patricio Díaz quedó gente afuera en Fortín», rememora. Pero la vez que más gente vi fue la noche que el ring se montó en medio de la cancha de fútbol de Atlético Santa Rosa, cuando había no menos de 7.000 personas. Fue empate en una pelea memorable, y pocas veces así vi a dos peleadores cruzarse del primero al último segundo.
Pero no sólo eso. Llenó el gimnasio de All Boys cuando vino «El Roña» Castro. «Iba ganando por cinco puntos y cuando entrábamos al décimo le dije a Chito (Teves): ganamos. Pero en un momento me quedé en las cuerdas y me pescó justo. Me jodió que el árbitro no me contó y decretó ahí nomás el nocaut. Si contaba ya terminaba y yo ganaba. Castro me dijo después que estuvo sentido en el 8º, pero no le creí, porque era de hacerse el tonto. Cuando peleamos en Caleta me robaron: Hay algo que no todos saben: siempre iba tres horas antes al lugar de la pelea, y ese día nos buscaron sobre la hora. Llegamos y me dicen tenés que subir… y ni vendado estaba (Chito era un especialista en eso), así que sin calentar me hicieron pelear. Estaba mal, muy nervioso… en el tercero me tiró y desde el suelo, aunque podría haber seguido hice señas al rincón que no iba más. Me dio mucha bronca, porque estoy seguro que estaba todo preparado. Ese día también sentí que me habían robado…».

Peleando «dormido».
El boxeo tiene cosas tremendas, que a veces arroja dudas sobre su condición de deporte? Hay que admitirlo. El 19 de diciembre de 1986, en medio del «Mateo Calderón» los púgiles «se mataban» desde el tañido inicial. Ambos cayeron varias veces, y en el segundo «El Potro» volteó a Hugo, y Chito Teves usó un artilugio. Subió al ring y detuvo la cuenta. Luego Marinangelis se recuperaría y al final empatarían. Un día contó Hugo: Estuve ‘dormido’ desde el segundo round, por ahí ‘me desperté’ y estaba peleando con Ramos. Nunca supe qué pasó esos ocho round… ni cómo terminó la pelea». Tremendo, sí.
Mario Vega para Diario La Arena.

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