Adrián Maximiliano Robledo; de Trelew, Chubut, ya pide por Brandon Figueroa, el campeón del mundo. Y se lo ganó con creces después de superar por descalificación a los 2m36seg del noveno round al ghanés John Laryea, un rival increíblemente discreto y en todo momento, malintencionado. El trelewense mandó siempre e impuso el ritmo. E hizo de la frialdad, su principal virtud ya que se mantuvo siempre enfocado en su objetivo: sin entrar en el juego sucio, especulador del africano.
Laryea duró poco en acción, pareció fuerte y peligroso en el arranque aunque el patagónico asumió un rol protagónico: le cortó el ritmo, probó su mentón y estratégicamente fue tejiendo su red.
A partir del cuarto el africano se desinfló ante el primer golpe de rigor. Robledo aumentó el ritmo, filtró una serie de derechas y dejó en claro que Laryea no sabía sufrir. Rápido, el visitante perdió la línea, entró en desconcierto y asumió una actitud inexplicable, impropia de un boxeador internacional.

Se sucedieron las interrupciones, los amarres y las situaciones al filo del reglamento bajo cierta permisividad del referee puertorriqueño Jannny Guzmán quien intervino mucho pero sin sanción.
Laryea cabeceó dos veces de manera antideportiva y golpeó por debajo de la línea del cinturón; flameó en el ring y adoptó una decisión suicida para evitar perder como merecía.
Robledo demostró criterio, equilibrio y nunca entró en la atmósfera poco profesional del natural de Ghana. Se expuso a sufrir un corte y más allá del enojo de todo el estadio, nunca se salió de su eje, no entró en provocaciones y simplemente dejó que la descalificación –aunque tardía- fluya.
Su trabajo fue irreprochable. A la altura de una eliminatoria, en un escenario de lujo y con una cartelera no siempre vista en el país. Además ganó y reclama lo que se ganó a fuerza de transpiración: una chance por el título del mundo.


A los 28 años acumula 14 triunfos y solamente 1 derrota con 6 victorias antes del límite. Su viejo, el “Negro” Américo, un querido maestro que se fue en la pandemia, estaría orgulloso de la joyita que pulió durante años a su semejanza. No solamente es el mejor profesional de Chubut, una tierra rica en campeones, sino que representa al futuro mismo, a los guerreros de la nueva generación. Maxy es un peleador de verdad. Un profesional que eligió prepararse en su tierra, sin secretos, con un estilo que circula por su misma sangre, una herencia de ring inevitable. Silencioso, quizás, poco apto para los micrófonos pero absolutamente serio, ganador. La presencia de John Laryea ensució el boxeo y es desde todo punto de vista, cuestionable. I. Tebes/PdS. Fotos Boxeo de Primera.







