Orlando Barrionuevo era en el ambiente del boxeo en los 80’ y 90’ simplemente el “Abuelo”. Un guerrero de brazos poderosos, poco atlético, risa fácil pero de alma curtida. Un bonachón que se convertía cada vez que se trepaba a un ring. Ahí era donde construyó un auténtico mito.
Siempre listo para reemplazar a un rival de apuro, el “Abuelo” no solía negarse a enfrentar a quien le pusieran en frente. Sin preguntar el nombre, el récord y mucho menos, el peso. Eran otros tiempos donde la valentía le solía ganar al rigor del reglamento. En ese terreno, él parecía ser siempre la primera opción.
Solía bajarse de la tribuna, donde solía ser primero espectador y convertirse enseguida –para sorpresa de muchos- en protagonista. Se vestía con ropa prestaba; un pantalón transpirado usado por otro preliminarista y las botitas de talle indescifrable. Sonaba la campana y todo quedaba en el olvido porque el “Abuelo” era un rival implacable.


En apariencia parecía un veterano probador de pelo alocado pero cuando las papas quemaban, pocos aguataban su entrega física y su titánica fortaleza. Sacaba las manos como para tirar abajo una pared; sus puños siempre se hacían sentir; no exponía ninguna debilidad solamente su mentón de acero. Es que Barrionuevo era involteable. Jamás se lo recuerda besando la lona, ni aún en las peores circunstancias. Así solía ganarse la simpatía del público, yendo hacia adelante sin especular; poniendo el corazón y yendo hacia adelante, la única posición que conocía.
Peleó con todos y era una presencia repetida en los tiempos del promotor Rafael Martínez cuando la ciudad ofrecía dos festivales semanales y el gimnasio Municipal era una especie de templo sagrado. Si bien los fondistas profesionales eran Celestino “Ratín” Pacheco, José Alvarado y el santafecino Sergio Ronconi, el “distinto” que todos quería ver, solía pelear como amateur.


Generando tanto o más ruido que las figuras de la zona: era un tal Jorge Fernando Castro quien desembarcó en la ciudad con 17 y 18 años de puro atrevimiento. La dificultad de encontrarle rivales que terminen en pie, hizo que nuevamente Orlando Barrionuevo, el “Abuelo” apareciera para “salvar las papas”. Sin ser favorito, pero con su habitual determinación; perdió por puntos sorprendiendo al “Roña” quien había utilizado toda su dinamita pero no pudo derribarlo. Ganó pero el aliento del público terminó premiando al más débil justamente, por no serlo.


La pelea se repitió y siempre con Castro obligado a trabajar y hasta apelar a golpes fuera de la ley para sacarse la espina del nocaut. Aún hoy, el ex campeón del mundo recuerda aquellas guerras en donde debía trabajar el doble y estar atentos a las manos de martillo del inefable “Abuelo”. Las anécdotas quedarán. Le ganarán al olvido de la mayoría y a la larga, agigantarán la figura de uno de los tantos peleadores de sangre que se merecen el honor de las diez campanas. Es que Barrionuevo, un tipo que disfrutaba de cada día de gimnasio; que bromeaba con sus compañeros y nunca daba un paso atrás falleció a la edad de 74 años. Un guerrero que honró la vida y animó noches inolvidables no se podía ir así. Porque no podría ganarle ni siquiera el silencio. QEPD.




