Un golpe de realidad dado por una leyenda mundial


El mediodía de Malasia no nos hizo bien como tampoco adelantarnos en el reloj mundial, ir un día antes que la derrota. Nos hizo mal la realidad. Manny Pacquiao escribió otra página de su carrera de oro y millones, ganándole al chubutense Lucas Matthysse por nocaut técnico en el séptimo round y se coronó campeón mundial welter en la versión de la Asociación Mundial de Boxeo. El interminable filipino no ganaba antes del límite desde hace nueve presentaciones y del mismo modo, no derribaba tres veces a un  oponente desde hace rato. Pero lo hizo. Y con extrema simpleza, sin alterarse y prácticamente sin recibir golpes. Y en Malasia, demostró que en ciertas situaciones, el tiempo no representa una barrera.
Al final, Matthysse terminó devorado por la leyenda, arrodillado en el ring como rendido a los pies del tipo que lo ganó todo y al revés de lo que se decía, pareció despedirlo del boxeo a él. Manny Pacquiao demostró ser un fuera de serie, un guerrero granítico que se parecía mucho al que despachaba a todos los rivales hace casi dos décadas. La pelea nunca arrancó para el patagónico, contenido, frágil en defensa e intimidado por la derecha maliciosa del “Pacman”, Matthysse casi no pudo entrar en sintonía, ni ejecutar el golpe “milagroso”. Por el contrario, cada avance de Pacquiao denotaba fragilidad, un bloqueo desesperado y un aviso por anticipado de piernas en retroceso. Si existió un plan, ni pudo ejecutarse. Nunca fue un negocio cederle la iniciativa al filipino y aventurar algún posible cruce, primerearlo en lo que parecía ser un duelo desigual. El ídolo local al borde los 40 años, sintió que la pelea se sintetizaba a lo que él mismo proponía; tirar las manos exactas, romper con una diestra inspirada a gran velocidad y hasta mover las distancias a la espera de la oportunidad.
Pacquiao y su enorme oficio hicieron el resto. Plantado en el ring, manejó los tiempos, lanzó golpes desde todos los ángulos y expuso una serie de libretos que frustraron por completo a un Matthysse atado y nervioso. Ante cada avance, la respuesta fue un retroceso sin contras, demasiado light, sin avisos de retorno. Al revés, Pacquiao saltó como un resorte cuando fue a buscar.
Y sin proponérselo casi se encontró con el argentino en la lona en el tercer round, tocado por una izquierda ascendente casi imperceptible. El estatismo inicial pasó a convertirse en desventaja. Matthysse siguió quieto, maniatado, inactivo en ataque y extremadamente celoso a la hora de armarse en defensa. Y su postura de ring pareció marcar temprano lo que podía pasar.
En Malasia, Manny Pacquiao tiró tres veces a Lucas Matthysse y lo noqueó técnicamente para quitarle el título del mundo. Nada que decir. En una clase de boxeo, tiró y dominó a voluntad. El patagónico casi no se reveló en ataque, lució atado y nervioso. La hazaña estuvo lejos…
Una circunstancia para resaltar se dio en el cuarto asalto, cuando parecía que Lucas había salido del deshielo. Su derecha pareció entrar en escena como parte de un rápido Plan B, pero enseguida Pacquiao lo volvió a la realidad. Ahogado, el de Trelew buscó una pausa en la lona con un dejo de frustración. Parecía que había comenzado a rearmar su pelea aunque había sido solamente un espejismo.
Con la cabeza adelantada sólo pudo después aportar confusión. Imposible achicar, ilevantable la ventaja y demasiadas diferencias boxísticas como para creer en los milagros. Manny siguió luciéndose en un manejo único de la situación: reguló en piloto automático; empleó la derecha solamente cuando fue necesaria y pareció conmover en cada uno de sus aciertos.
Matthysse golpeó abajo en el sexto en otra muestra de impotencia ante la realidad. Y ya no volvió a intentar algún tipo de reacción. Estuvo incómodo en el centro del ring y nunca pudo escaparse de la presió inteligente del filipino. Es que “Manny” siempre estuvo a tiro, llegaba algunos segundos antes y con combinaciones no retribuídas, huía con piernas ágiles y volvía con facilidad a la zona de fuego.
En el séptimo round parecía estar el límite. Pacquiao salió dispuesto a agotar la resistencia que le quedaba al campeón y encontró terreno fértil para resolver ante los ojos de la multitud que lo aclamaba en el Axiata Arena. Logró achicar una vez más y conectar un upper de zurda que llevó a Matthysse por tercer vez al piso. Con la mirada hacia su rincón, escupiendo el bucal y resignado a la derrota inminente; entendió que no había razones para seguir. El final menos deseado para la gente del sur y para los argentinos que creían haber hallado una reivindicación deportiva después del fracaso mundialista en Rusia. Otra vez será. Queda la admiración de haber llegado a una megapelea, a un escenario apto para unos pocos y haber cumplido el sueño de toparse en un ring con una figura única, de todos los tiempos. Duele en éstos casos que los argumentos se derrumben ante la realidad y que la excelencia ajena termine superando cualquier esfuerzo. Lucas lo sabe y lo reconoce. Su futuro, en Trelew y en familia le permitirá decidir lo mejor para el futuro. El mundo mientras tanto ha sido testigo de que la edad no suele ser un obstáculo para el talento y eso, sin más vueltas Manny Pacquiao. Un campeón de leyenda; que parece saberlo todo cuando se viste de boxeador y que hasta podría pelear con el traje puesto sin dar ventajas.

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