Bailando al ritmo de Don Omar


No fue reggaeton pero casi. Tampoco éste Omar tiene algo que ver con Puerto Rico. El hombre en cuestión tiene otras artes para exhibir. Baila, pega y enamora. En el ring, Narváez hizo lo que se esperaba ante un rival que entendió el rol de “víctima necesaria” y le mandó algún mensaje encubierto al sudafricano Zolani Tete, el rival esquivo que seguro lo vió por internet. A los 42 años, el gran campeón de la Patagonia cumplió con el trámite y fue el empleado del mes: dominó desde el primer tañido de la campana a un “Gazu” Vargas condicionado por los kilos y el nivel de oposición, inalcanzable para sus posibilidades. Es que el venezolano lució algo excedido respecto a aquella primera versión del duelo y ciertamente, lució lento y caminando siempre sobre el filo de la navaja. Es que Narváez le sacó tan rápido la ficha boxística que pudo haberlo desbordado cuando se lo propuso: le tiró al cuerpo siempre con justeza y con sus desplazamientos habituales, pareció estar un segundo adelantado a cada maniobra. El “Huracán” hizo gala de sus recursos y volvió a hacerse invisible en el plano defensivo; hábil para devolver cada golpe lanzado por Vargas dejó la sensación de que el combate duraría inclusive menos que aquel febrero del 2.016. Pero no. La consigna en éste caso fue “estirar” hasta el máximo la posibilidad de sumar rounds y devolverle al de Caracas, el gesto de haber volado hasta el sur argentino y aceptado el reto de pelear, conciente de que casi no existía márgen para dar un batacazo. Vargas terminó retribuyendo a su vez el precio de la entrada porque expuso guapeza y resistió íntegro cada una de las baterías de ataque del argentino.
Narváez terminó regalándole al público, una clase abierta, presencial. Distancia con piernas; combinaciones en velocidad y constante anticipo; cintura más percepción. El trámite desigual no daba siquiera para empezar a buscar las siete diferencias. Omar acertaba una y otra vez y parecía desaparecer en medio de una cortina de humo cada vez que Vargas volvía a la realidad sin tomar dimensión de la paliza. Empezó para el visitante el operativo “resistencia”. Y una desesperada lucha por terminar en pie hasta donde se pudiera; tocado y casi hundido optó por aferrarse, poniendo paños fríos a la intensidad y resistiendo en base a corazón. Su rostro reflejó las huellas del castigo aunque a la vez, parecía verse tierra firme en medio de la tormenta. O sea, se acercaba la esperada campana del décimo.Para la gente siempre representa un disfrute ver en acción a Omar Narváez. Más allá de la simpatía y de una trayectoria inigualable, el “Huracán” derrocha técnica y profesionalismo al punto de disimular la edad del DNI pero no su aspiración de convertirse en el primer argentino en conquistar tres coronas de pesos diferentes. En eso está. Entrenando con calidad; con parte de su familia en el rincón y con las ideas bien claras, propias de la madurez. Este Don Omar lleva el boxeo en la sangre; su ritmo envuelve a los rivales hasta el desconcierto y con sus puños enguantados parece dispuesto a seguir engrandeciendo su leyenda. Y en su escenario siempre termina haciéndolos bailar el ritmo que mejor ejecuta…
I. Tebes para Diario Jornada/Foto Maxi Jonás.

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